El agua helada que cubría el piso lo devolvió a la realidad, se levantó en la oscuridad. A tiendas palpó cada rincón con sus manos hasta que encontró el frontal pero las pilas se le habían salido, con grandes brazadas en el suelo encontró la tapa, pero esos malditos pequeños cilindros se le resistían, correteaban de parte a parte mezclados con esa sopa salada que entró por las escotilla cuando intentó salir del habitáculo.
El cabeceo era ahora muy fuerte salvaje como un toro, de tanto en tanto se sentía un movimiento de guiñada luego un balanceo furioso y otra vez el cabeceo.
Ferdinand volvió a caerse, esta vez algo se le metió bajo las costillas, el golpe le cortó la respiración durante una eternidad.
Ya no existían nombres marineros para describir las sacudidas que volvían a embestir la embarcación, el léxico aquí se quedaba corto.
Latas, sobres de comida seca, vasos, cubiertos, ropa y todos sus enceres fueron saliendo de las estanterías para alcanzar el suelo. Un ruido ensordecedor de cosas que se entrechocaba y golpeaban contra los mamparos, el batir de las puertas y un ulular llenaban todo el espacio sonoro, lo más preocupante era el terrible y largo crujido que presagiaba un destino incierto.
Ahora se lamentaba, lloraba añadiendo más agua con sus lagrimas a la que había entrado, se tumbó en el catre y al fin pudo encender una linterna que guardaba entre los pliegues de la cama. Con la luz la magnitud del desastre era más patente, no quedaba nada en su sitio, hasta la radio, que estaba trabada con un listón, yacía en el suelo hecha pedazos. Mapas, libros y fotos flotaban por el vertedero que era su camarote.
Una foto, Miranda que le sonríe desde un papel mojado.Ahora un nudo en el vientre, el universo se rompe, los platos y conservan se suben a su cama, su cuerpo es empujado hacía la escotilla, ¡el barco escora!.
¡Es el fin!, piensa, pero cuando va a tocar el techo con su espalda la quilla vuelve a poner el casco contra las aguas, violentamente todos los trastos caen, luego una segunda ola más fuerte, el pequeño velero da una vuelta completa y vuelve a adrizarse.
Sigue la tormenta, naranjas, papel higienico y la maltrecha radio golpean a Ferdinand para que se levante, pero no quiere levantarse sabe que va a sobrevivir y ríe a carcajadas, se reconcilia con su suegro Próspero, este no quiso financiar la parte que faltaba para comprar un catamaran.
¡Bendito tacaño, solo con un monocasco se sobrevive a una vuelta completa!
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