Monday, September 12, 2011

La ecuación.


Faltaba media hora para terminar la clase y tras una sesuda exposición de teoría de los números, de binomios y de polinomios, el profesor decidió que era el momento de hacer un descanso, escribió unos guarismos, unos signos, unas letras y tras detenerse en el signo igual giró sobre sus talones y retó  "Quien sea capaz de resolver esta ecuación tiene el curso aprobado con matricula y no hace falta que se presente a ningún examen"
Un latigazo de electricidad recorrió al instante millones de neuronas en el cerebro de los alumnos pero esa energía pronto se disipó transformándose en calor, excepto en un chico, un fanático de las matemática. Se levantó como un resorte y fue con grandes zancadas directo al encerado para llegar el primero, atrapó al vuelo la tiza que el profesor le lanzaba y se puso a escribir poseído y febril un desarrollo de la función, el traqueteo rítmico de la tiza solo se detenía cuando pensaba si debía factorízar o sustituir... Siguió escribiendo hasta llenar completamente la pizarra, como le faltaba espacio escribió sobre la pared y continuó, un gracioso abrió la puerta, pero frenético y sin detenerse de escribir el joven salió del aula, continuo su ecuación en las paredes de los pasillos, a la vez que se alejaba cada vez más, cada vez más; nunca más se supo de él.
Si prestas atención por las noches en la facultad aún puedes oír un tac tac tac: es el ruido de la escritura de esa ecuación diabólica que sale del inframundo.
Desde entonces mi profesor de álgebra lineal  no escribe nunca en la pizarra si no está el aula cerrada, creo que aún tiene remordimientos por haber abierto la puerta a su amigo.